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Textos literaturas orientales

21 Oct

Hace unas semanas planteábamos una serie de fragmentos extraídos de obras de la primitiva literatura oriental ¿Sabríais decir a qué obra pertenecen? Intentadlo y así repasáis un poco… Soluciones al final de la entrada.

Ley 141: Si la esposa de uno, que habita en la casa de este hombre, quiere irse y si tiene el hábito de hacer locuras, divide y desorganiza la casa, y ha descuidado la atención de su marido, se la hará comparecer y si el marido dice que la repudia, la dejará ir y no le dará nada para el viaje ni precio de repudio. Si el marido decide no repudiarla, el marido tomará otra mujer, esta mujer (la primera) habitará en la casa del marido como esclava.

Ley 142: Si una desprecio al marido y le dijo no me tendrás como mujer en lo sucesivo, y si ella ha sido correcta y vigilante y no hay error en su conducta, y si su marido ha sido negligente, esta mujer es inocente: tomará su serictu e irá a la casa del padre.

Ley 143: Si no ha sido correcta y vigilante y hay error en su conducta, si disipa el patrimonio, si ha descuidado la atención de su marido, esta mujer será arrojada al agua.

Ley 144: Si uno tomó una esposa de primera categoría y si esta esposa dio una esclava a su marido y esta ha tenido hijos, si el marido quiere tomar una nueva esposa más, no se le permitirá y el hombre no podrá tener otra mujer más (suggetum).

Ley 145: Si uno tomó una esposa de primera categoría y si esta esposa no le dio hijos, y se propone tomar otra mujer (suggetum), tomará esta otra mujer y la llevará a su casa, pero no será igual que la esposa de primera categoría.

Ley 146: Si uno tomó una esposa de primera categoría y ella dio una esclava a su marido, y si la esclava tuvo hijos, si luego esta esclava es elevada (en el aprecio del esposo) a igual categoría que la patrona por haber tenido hijos, su patrona no la venderá, la marcará y la tendrá entre sus esclavas.

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Entonces Sita, haciendo un círculo alrededor de Rama, con la vista baja, se aproximó al fuego; con las manos unidas se detuvo y oró: «En vista de que mi corazón nunca se ha apartado de Rama, protegedme vos, oh fuego, testigo de todos los hombres; dado que Rama me rechaza como impura, cuando en realidad estoy inmaculada, sed vos mi refugio.» Entonces Sita se acercó al fuego y penetró en las llamas, de modo que todos los reunidos, tanto jóvenes como viejos, fueron sobrecogidos por la pena y el ruido de los supremos gemidos y lamentaciones se alzó en todos los lugares.

Rama se mantuvo inmóvil y ensimismado, pero los dioses bajaron a Lanka en sus carros radiantes y, uniendo sus manos, rogaron a Rama retractarse: «Vos que protegéis los mundos, ¿por qué renunciáis a la hija de Janaka, dejándola elegir la muerte por el fuego? ¿Cómo puede ser que vos no supierais lo que hacíais? Vos erais al principio, y seréis al final, antes que nada los dioses, vos mismo el gran señor y creador. ¿Por qué tratáis a Sita de la misma forma que a una persona común?», dijeron.  […]

Entonces el fuego, oyendo esas felices palabras, se alzó con Sita sobre su regazo, radiante como el sol de una mañana, con joyas doradas y cabello negro y rizado, y la devolvió a Rama, diciendo: «Oh Rama, aquí está vuestra Sita, a quien ninguna mancha ha tocado. Ni con palabras ni con pensamientos ni miradas se ha apartado Sita de vos. Aunque tentada de todas formas, ella no pensó en Ravana aun en su más íntimo corazón.

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«Te he estado observando, pero tu aspecto no es extraño, ¡eres como yo! Tú mismo no eres diferente, ¡eres como yo! Tenía la intención de luchar contra ti, pero (en cambio) mi brazo se posa amistosamente sobre ti. Dime, ¿cómo asististe a la Asamblea de los dioses y encontraste la vida (eterna)?»  “Te revelaré  una cosa oculta, y un secreto de los dioses te diré: Suruppak, ciudad que tú conoces y que en las riberas del Éufrates está situada, esa ciudad era muy antigua, y había dioses en ella. Los corazones de los grandes dioses los impulsaron a suscitar el diluvio. El padre de todos, Anu, ordenó el juramento [de no revelar lo que allí se hablara], el valiente Enlil era su consejero, Ninurta, su asistente, Ennuge, su irrigador. Ea (el sabio príncipe) también estaba con ellos bajo el juramento [de silencio], así que repitió su parlamento a la choza de cañas: «¡Choza de cañas, choza de cañas! ¡Pared, pared! ¡Oh, Hombre de Suruppak, hijo de Ubar-Tutu! ¡Demuele (esta) casa y construye una nave! Renuncia a tus riquezas y busca la vida.  ¡Desdeña tus pertenencias y salva a los seres vivos! Haz que todos los seres vivos suban al barco. El barco que has de construir ha de tener las mismas dimensiones: su longitud debe corresponder con su anchura. Constrúyele un tejado como el Apsu.».

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El primer texto pertenece al Código de Hammurabi, el segundo a la epopeya india Ramayana y el último al Poema de Gilgamesh.

 

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